Tema 4.3.- Japón.
El último puesto en la lista de las naciones industrializadas en el siglo XIX lo ocupa Japón. Está constituido por cuatro islas importantes y un gran número de otras pequeñas que se extienden de norte a sur formando una cadena que condicionó el desarrollo económico y el establecimiento de los transportes. Las ciudades se hallan situadas cerca del mar y los movimientos sísmicos son muy frecuentes. La tierra cultivable es solo el 16% del conjunto del territorio, pero la explotación agrícola siempre fue intensiva con una alta productividad. Los agricultores también se dedicaban a la pesca para aumentar sus recursos. Los recursos naturales son escasos.
La sociedad estaba compuesta por castas cerradas, estructuradas jerárquicamente. A la cabeza se hallaba el emperador, cuyas funciones eran meramente representativas y religiosas. El verdadero gobernante era el shogun (el generalísimo), cuyos poderes y títulos eran hereditarios y pertenecían a una gran familia, los Tokugawa, que poseían el 25% de las tierras. El resto pertenecía a los daímos, similares a los señores feudales europeos. Bajo las órdenes de los daímos se hallaban los samurais, casta de guerreros, que juraban fidelidad a sus señores, los seguían en la guerra. Los agricultores, que constituían la mayor parte de la población, no podían abandonar la tierra, generalmente poseían pequeñas parcelas cultivadas libremente, aunque dentro de un plan general de cultivo que elaboraba cada pueblo. Del producto de las cosechas se entregaba aproximadamente el 50% a los daímos, además de otras prestaciones.
Durante la primera mitad de siglo Japón mantuvo una política de aislamiento férreo frente al extranjero, especialmente frente a Occidente. Desde principios del siglo XVII, los Tokugawa habían prohibido el comercio exterior (solamente se permitía a los holandeses descargar un barco una vez al año en una pequeña isla), y a la población viajar al extranjero. El nivel tecnológico de Japón era muy reducido, sin embargo, poseían una organización económica compleja, con mercados muy activos y sistema de crédito. Además, tenían un índice de analfabetismo muy inferior a la Europa Mediterránea.
En 1853 un oficial de la armada americana (el comodoro Perry) penetró con su escuadra en la bahía de Tokio y obligó al shogun a establecer relaciones diplomáticas y comerciales con los Estados Unidos. Al poco tiempo, otras naciones occidentales alcanzaron privilegios semejantes, que implicaban derechos de extraterritorialidad y aranceles a los productos extranjeros inferiores al 5%. Estos tratados desiguales desencadenaron una serie de motines xenófobos. Al mismo tiempo se inició un movimiento, dirigido por jóvenes samurais, que pretendía devolver al emperador todo el poder.
En 1867 llegó al trono el emperador Mutsuhito que obligó al shogun a renunciar a su cargo y asumió el poder apoyado por los samurais, iniciando la restauración Meiji ("gobierno ilustrado"), que se extendió de 1868 hasta 1912. El nuevo gobierno emprendió una transformación total del país realizada desde arriba por una pequeña minoría que obedecía ciegamente al emperador.
En la agricultura se proclamó la libertad de trabajo; las tierras de los daímos fueron repartidas entre los agricultores, que debían pagar un impuesto sobre la propiedad agraria cuyo valor se calculaba según el potencial productivo de las tierras (una tercera parte), lo que obligó a que las tierras se explotaran al máximo, pues una productividad inferior a la calculada por el gobierno suponía la pérdida de la tierra o la obligación de venderla a alguien que pudiera explotarla mejor. Los daímos, en compensación, recibieron una indemnización que depositaron en los bancos obteniendo cuantiosos intereses. Gracias a los ingresos provenientes de los impuestos sobre la agricultura se pudieron financiar elevadas inversiones industriales. El Estado instaló escuelas primarias, profesionales y técnicas en las zonas rurales que introdujeron nuevas técnicas de cultivo, aumentando la productividad agrícola.
Respecto a la industria, el gobierno fijaba los objetivos y ayudaba a las empresas a alcanzarlos. La disciplina, amor al trabajo y austeridad de los japoneses, su completa obediencia a la autoridad y la reinversión de todos los beneficios obtenidos fueron las claves del éxito en el desarrollo de Japón. Al principio el propio Estado creó empresas, construyó las primeras líneas de ferrocarriles, astilleros y puso en explotacion minas de carbón y fábricas. Cuando estas empresas comenzaban a ser rentables, el gobierno las vendía a empresas a privadas, y con el dinero obtenido creaba otras nuevas.
A diferencia de Inglaterra, en Japón no se dió un éxodo rural tan rápido y masivo, sino que la población continuó en las zonas rurales, todavía en el año 1913 la población rural representaba el 72% del total. El campo se fue industrializando, lo que permitió una gran dispersión de las pequeñas industrias locales que contrastaban con las grandes empresas creadas directamente por el Estado. La dispersión permitía siempre disponer de mano de obra barata, ya que los obreros continuaban viviendo en el campo, y, por tanto, tenían un nivel de vida relativamente alto.
El gobierno Meiji adoptó modelos occidentales en la organización de determinados sectores: adoptó un sistema burocrático muy centralizado, similar al francés, en la administración; el modelo de ejército se tomó de Prusia, y el de la armada de Gran Bretaña. Los métodos industriales se importaron de varios países occidentales, en particular de Estados Unidos, y el sistema bancario se organizó, en un primer momento, siguiendo el modelo de Estados Unidos, que resultó ineficaz y fue sustituido por el modelo de banco central de Bélgica, (bajo control gubernamental pese a ser de propiedad privada en su mayor parte), reservando al Banco de Japón el monopolio de emisión de billetes.
Enviaron estudiantes avanzados al extranjero para que aprendieses los usos de la política, la ciencia militar, la tecnología industrial, el comercio y las finanzas de Occidente, con el propósito de aplicar a su territorio los más eficientes. Se crearon nuevas escuelas siguiendo los modelos occidentales y llegaron algunos expertos mundiales a Japón para enseñar sus técnicas. El gobierno se cuidaba de establecer limites temporales claros a las obligaciones de estos extranjeros y de asegurarse que abandonaban el país en cuanto sus obligaciones acabaran, para evitar que ocuparan puestos de mando dentro del territorio japonés.
A finales del siglo XIX Japón tenía un mercado exterior típico de países subdesarrollados: importaba productos manufacturados, especialmente textiles, así como maquinaria y equipo, y exportaba materias primas, sobre todo té y seda que le permitían financiar las importaciones. Sin embargo, las exportaciones de té disminuyeron gradualmente con el crecimiento de la población y de la renta; lo mismo ocurrió con el arroz, que al principio de la era Meiji se exportaba y posteriormente fue necesario importar para satisfacer el consumo interior.
La industria textil japonesa tradicional se basaba en materias primas propias, la seda y el algodón. Con la llegada de tejidos occidentales la industria del algodón desapareción momentáneamente, mientras que la de la seda (seda cruda) progresó espectacularmente gracias a la introducción de maquinaria francesa importada. La seda cruda aportó de un quinto a un tercio de los ingresos totales por exportaciones. También se desarrolló el comercio de tejidos de seda, que en 1900 suponía el 10% de los ingresos por exportaciones, pero los altos aranceles que establecieron para estos productos (los habituales compradores de seda cruda, especialmente Estados Unidos) frenaron el desarrollo de esa industria.
En la década de 1890 la industria del algodón resurgió haciéndose con el mercado interior y, más tarde, exportó a China y Corea un importante volumen de producción. Funcionaba con tecnología sencilla y no precisaba de mano de obra especializada, generalmente mujeres y niñas (mano de obra barata).
La industria pesada (siderúrgica, química y de maquinaria) tuvo un desarrollo más lento, logrado gracias a grandes subsidios gubernamentales y protección arancelaria, pero hacia 1914 Japón era ya autosuficiente en estos productos.
La Primera Guerra Mundial incrementó su demanda al tiempo que abrió nuevos mercados. Al entrar en la guerra por el bando aliado, consiguió las colonias alemanas en el Pacífico y algunos privilegios en China. Las exportaciones, que en la década de 1880 se elevaban a un 8% de PNB y en la primera década del siglo XX a un 15%, en 1915 habían saltado ya a un 22%.
En general, la transición económica de Japón de sociedad tradicional y atrasada en 1850 a potencia industrial en la Primera Guerra Mundial fue un logro espectacular. El índice de crecimiento del PNB desde 1870 hasta el inicio de la guerra fue de una media del 3% anual, lo que lo sitúa por encima de todos o de la gran mayoría de los países europeos.
El índice de crecimiento fue relativamente estable, pues aunque tuvo fluctuaciones, nunca llegó a ser negativo, lo que sí ocurrió en Europa y América en épocas de fuerte recesión o depresión. Los índices de crecimiento de la minería y la producción fabril fueron incluso más altos, alcanzando un 5% para el conjunto del período.
La evolución económica del Japón tuvo también consecuencias políticas. En 1894-95 venció China en una guerra relámpago y se anexionó algunos de los territorios de la nación vecina (entre ellos Taiwan, cuyo nombre cambió por el de Formosa), sumándose así a las naciones occidentales imperialistas. Gracias a la indemnización en oro pagada por China, Japón adoptó el patrón oro. Diez años después derrotó a Rusia tanto en mar como en tierra, y como resultado se anexionó diversos territorios, y consiguió el reconocimiento ruso de sus pretensiones sobre Corea, que anesionaría en 1910.
